Hay veces en que una elección se convierte en una lección. Y el pueblo norteamericano acaba de dar otra lección de civismo, republicanismo y democracia al mundo entero. Se le pueden reprochar muchas cosas a Estados Unidos: su vocación imperial, la agresividad de su política exterior y, últimamente, su abierto intervencionismo militar en Medio Oriente y otras regiones. Se pueden cuestionar también algunas pautas económicas, sociales y culturales de su modelo de sociedad, su tendencia a un consumismo y un individualismo a veces exacerbado, en detrimento de sus propias y grandes tradiciones de solidaridad y equidad.
Pero hay que reconocerle algunos méritos, en especial la solidez de sus instituciones, la continuidad imperturbable de sus ciclos constitucionales, políticos y electorales, la alternancia en el poder –sea en el gobierno federal, las gobernaciones o el Congreso– de los dos grandes partidos políticos del país, la vigencia irrestricta de derechos y garantías individuales y del principio democrático de la soberanía popular expresada a través del voto.
En Estados Unidos se vota con regularidad el primer martes de noviembre: cada cuatro años para elegir presidente y vice, gobernadores y congresales y cada dos años para renovar la totalidad de la Cámara de Representantes, equivalente a la de Diputados en la Argentina, y un tercio del Senado.
Estas elecciones, llamadas de “medio término” por realizarse a la mitad de un período presidencial, son las que tuvieron lugar el martes pasado, y en ellas el Partido Demócrata obtuvo una holgada mayoría en la Cámara Baja. También logró el control del Senado, con su inesperada victoria en Virginia que se conoció anoche a última hora. Asimismo, ganó la mayoría de las 36 gobernaciones en disputa, sobre un total de 50, entre ellas las de los estratégicos estados de Nueva York, Ohio, Maryland y Massachusetts.
¿Este vuelco espectacular marca el fin de “la era Bush”? Es difícil predecirlo, ya que al presidente George W. Bush le restan dos años de mandato, durante los cuales pueden cambiar sus políticas y hasta su estilo de gobierno. Por lo pronto, ya se produjo un gran cambio: la renuncia de Donald Rumsfeld, el todopoderoso secretario de Defensa que fue el estratega de la invasión a Irak y de la línea dura en política exterior. Y uno de los grandes cuestionamientos a Bush –para algunos la causa principal de su derrota– fue la guerra en Irak, que para muchos norteamericanos se convirtió en un nuevo Vietnam.
Pero los ciudadanos estadounidenses basaron su voto también en otros temas, como la creciente desigualdad social y las falencias y los costos elevados de los servicios de salud y educación. En ese sentido, el voto de la mayoría de los hispanos y los negros a los candidatos demócratas revela la fuerza que tiene la idea de reconstruir el Estado de bienestar, aunque fuere sobre nuevas bases. El llamado “capitalismo salvaje”, el individualismo extremo y las privatizaciones generalizadas son rechazados por una buena parte de la sociedad norteamericana, que reclama la primacía de los principios de la solidaridad y la cohesión social, que están en la tradición demócrata.
Pero la voluntad de cambio expresada en las urnas tiene sus contrapesos: hay una parte considerable de esa misma sociedad que sigue apegada a los valores conservadores, y de ahí la fuerza y permanencia del voto republicano, aunque haya retrocedido el martes pasado. Por otra parte, los grandes cambios no serán fáciles ni rápidos. No le será fácil a los Estados Unidos salir del pantano iraquí, y no le será fácil revertir en el corto plazo las tendencias regresivas registradas en el campo social y crear una sociedad más equilibrada y justa.
Son estos, de todos modos, sus grandes desafíos. La mayoría de los ciudadanos estadounidenses votó por un cambio, eligió un nuevo Congreso y nuevos gobernadores, y en algunos estados la sociedad se pronunció sobre temas, como los matrimonios homosexuales, el aborto, la experimentación con embriones o el salario mínimo.
Lo que sigue asombrando al mundo es la fuerza y la continuidad de una democracia y un sistema republicano que, cada dos años, tiene el primer martes de noviembre su “election day”, su día de elecciones.
La Voz Del Interior